Enseñar aprendiendo

¿Se deberían eliminar los cuentos clásicos de colegios y bibliotecas?

En los últimos días las noticias acerca de la eliminación de un gran número de cuentos infantiles de la biblioteca de un colegio en Barcelona se ha hecho casi viral. Al menos así lo hemos sentido los que nos fijamos en noticias como esta, que afectan a los más pequeños de la casa. Y la polémica está servida. ¿Se deberían eliminar los cuentos clásicos de colegios y bibliotecas?

El sistema público no puede convertirse en censor de la literatura tradicional ni de cualquier otra.
Cuestionarse qué leen los niños y ser críticos al respecto es bueno. Seleccionar las obras que llegan a sus manos, informarnos y leerlas con ellos aún más. Pero la elección de qué lecturas acercamos, o no, a los niños, pertenece al ámbito privado. Serán los padres y educadores quienes decidan qué clase de cuentos leen a los niños. El sistema público no puede convertirse en censor de la literatura tradicional ni de cualquier otra. Vetar los cuentos clásicos no es la respuesta. 

La literatura que abarca los cuentos clásicos es hija de su época. Una época en la que las desigualdades entre géneros eran dolorosamente reales, sí, pero también una época en la que trascendieron de tal modo que han llegado hasta nuestros días. Es posible que la perpetuación de estos cuentos a través del tiempo se deba, en parte, a muchos factores en los que su calidad literaria no tiene nada que ver; pero también se debe a su contenido y características. Son narraciones que nos hablan de la condición humana y que profundizan en los valores que la componen.

Los cuentos clásicos nos hablan de la condición humana.
Estas historias ahondan en el corazón de los hombres y mujeres que las han transmitido durante siglos, contándoselas a niños de todo el mundo antes de dormir. Y durante todo ese tiempo esas historias, expresiones de la literatura al fin y al cabo, han fomentado su imaginación y les han ayudado a comprender mejor el mundo.

Un mundo que ha cambiado. Lo ha hecho hasta llegar a un presente en el que las mujeres ya no necesitan que las rescaten ni se quedan esperando a que un hombre les solucione la papeleta. Una realidad social en el que ciertas situaciones en las que se basan las historias clásicas se nos hacen chirriantes y desagradables. Y eso fantástico. Hemos evolucionado y nuestra realidad dista mucho de parecerse (aunque desgraciadamente no tanto como debería) a la que aparece en los cuentos clásicos. Pero no podemos explicar el presente sin recurrir al pasado. 

Vivimos en un presente en el que las mujeres ya no necesitan ser rescatadas.
Los niños tienen una capacidad crítica y selectiva más alta de lo que pensamos. No quiere esto decir que todo valga y que debamos dejar de interesarnos por lo que leen. Muy al contrario significa que serán capaces de apreciar por qué esos cuentos son como son cuando se lo expliquemos. Si unimos a los cuentos su contexto, ellos lo apreciarán y valorarán.

Y no podemos olvidar que estas historias, para cuya transmisión actual solemos recurrir al formato papel, provienen de una larga tradición oral en la que fueron reinterpretadas y modificadas. El contenido que nos ha llegado dista mucho de ser fiel a los originales. Así que hagamos uso de esa buena costumbre y reinterpretemos los cuentos, cambiémoslos a nuestro antojo o divirtámonos dejando que sean los niños quienes lo hagan. Pero no los vetemos.

Cuando la palabra censura llega al mundo literario no puedo evitar sentir un escalofrío. La literatura infantil debería regirse por principios de accesibilidad y libertad, de diversión y fantasía.